La Niña y La Custer Eran como las once de la mañana y yo medio dormido me subí a la Custer. Para suerte mía un par de asientos estaban desocupados así que me senté, o más bien me aplasté sobre el asiento que da hacia la puerta lateral del vehículo.
Era la línea 12 que suele ir repleta de pasajeros. Como estaba medio muerto porque la noche anterior amanecí haciendo una chambita de resumen de esas tan comunes - soy de los que agradece a la virgencita de Chapi la baja o nula comprensión de lectura de los estudiantes universitarios- me dormí. No, no me hice el dormido, literalmente me quedé seco. El movimiento del carro me hizo despertar apenas 5 minutos más tarde. A mi costado una niña de 6 o 7 años, pero que por la estatura parecía de 4, se debatía vanamente intentando aferrarse a los manubrios del asiento, en esos momentos la Custer parecía un borracho en plena llegada a su casa. Daba tumbos y tumbos, la niña rebotaba de aquí para allá, la visión me conmovió repentinamente. Nadie, ni los pasajeros ni el cobrador intentaban ayudar a la pequeña.
Mi reacción fue pararme y cederle el asiento a la niñita. En realidad había asientos vacíos mas adelante así que ocupé uno. Sin embargo, no fue sorpresa para mí que unas cuadras más allá un jovenzuelo de más o menos ventipocos años hiciera parar a la chiquilla. Aunque la tormenta había amainado, me refiero a que el carro ya no se balanceaba como una lancha. La tempestad me sobrevino interiormente me dio una indignación del carajo.
¡Porque tenían que hacer que la niña se pare! ¡Que absurdo! ¿Educación, buenas costumbres? ¡Pamplinas!. Cuando alguien más débil requiere ayuda, lo lógico es socorrerle. Los niños, las mujeres, los ancianos son, por su edad o por las odiosas diferencias que nuestra cultura inventa, más vulnerables. Entonces deben ser protegidos.
Pero no, a cada instante podemos ver el maltrato de que son sujeto los niños en este país y en nuestra ciudad.
¿Qué razón nos impele a ello? Me he preguntado. La respuesta es simple, en nuestra sociedad se ha impuesto ya con toda su fuerza y brutalidad la ley del más fuerte “la ley de la jungla”.
“Es la realidad”, exclaman estentóreos los imbéciles, como si los parámetros socioculturales fueran inamovibles, como si estuviéramos condenados al horror por los siglos de los siglos y amen.
A esta ley de la jungla, algunos mas refinados y cultos aprendices de burgués, le llaman “competitividad”.
Hay que ser competitivos, dicen. A los muertos y heridos, asistencia social. El drama es que en nuestro país ni siquiera ese magro paliativo tenemos.
De la ayuda social se encargan unas cuantas ONGs y uno que otro programa de gobierno que sirven mucho más efectivamente para mantener burócratas que para asistir niños.
Pero yendo al tema más sensible, el tema humano. Lo cierto es que nos hemos degradado, hemos involucionado al nivel del simio (con el perdón de los simios). La pedantería y el abuso, la moral del “cabezazo” impera, los jóvenes no respetan nada, pero además a quién respetar si los adultos se comportan igual.
“Un país sin ley” decía un amigo mío. Y sí, lastimosamente debo darle la razón. Un país sin ley. Un país en que el débil puede ser aplastado por el fuerte sin que nadie intervenga.
Un país en que los niños en lugar de vivir la infancia de aprendizaje y preparación para la vida adulta que requieren, solo reciben maltrato, enseñanzas inmorales o amorales y cultura basura.
Que clase de niños estamos criando ¿¡Es ese el futuro de nuestro país!?
La verdad es que esto me asusta un poco ¿A usted no?
RICARDO RIOS
lunes, 19 de marzo de 2007
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